El alba encontró la Mansión Moretti sumida en un silencio espeso, cargado no de paz, sino de la tensión que sigue a la batalla. Los primeros rayos de luz se colaban por las persianas cerradas del estudio de Isabella, iluminando los papeles esparcidos sobre el escritorio y los círculos oscuros bajo sus ojos, que delataban una noche en vela.
Había cambiado el vestido de fiesta por unos jeans y una camiseta holgada, el cabello recogido en un desorden práctico. Frente a ella, una pantalla mostraba