El alba encontró la Mansión Moretti sumida en un silencio espeso, cargado no de paz, sino de la tensión que sigue a la batalla. Los primeros rayos de luz se colaban por las persianas cerradas del estudio de Isabella, iluminando los papeles esparcidos sobre el escritorio y los círculos oscuros bajo sus ojos, que delataban una noche en vela.
Había cambiado el vestido de fiesta por unos jeans y una camiseta holgada, el cabello recogido en un desorden práctico. Frente a ella, una pantalla mostraba imágenes de seguridad ampliadas: la entrada de la mansión la noche anterior, el momento en que un desconocido, con gorra y cuello alto, depositaba el sobre destinado a Francesco.
—Se mueve como alguien que conoce los ángulos ciegos —murmuró Salvatore, de pie a su lado, señalando la pantalla con su mano sana—. No es un mensajero casual. Es un profesional.
Charly, apoyado contra la repisa de la chimenea, frunció el ceño.
—Pero los sensores de movimiento no se activaron. Y los perros no ladraron.
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