El aire en el patio de la mansión estaba cargado de electricidad estática. El cielo de Calabria, de un negro profundo y sin estrellas, parecía ser el telón de fondo de un juicio final que llevaba décadas gestándose. El sonido del metal contra el metal, el ajuste de los chalecos y el murmullo de las frecuencias de radio creaban una sinfonía de guerra que Isabella dirigía con la precisión de un verdugo.
Carter se acercó a ella, sus pasos firmes haciendo crujir la grava. Su rostro, iluminado apena