El rugido de los motores del convoy de Salvatore fue el único aviso que recibió la mansión antes de que los neumáticos chirriaran contra la grava del patio principal. Salvatore descendió del vehículo antes de que este se detuviera por completo. Su brazo izquierdo, inmovilizado bajo la chaqueta oscura, era una molestia sorda comparada con el incendio que le recorría las venas. El aire de Calabria no era como el de Sicilia; aquí el viento soplaba con un frío antiguo, cargado del olor a pino y a s