La caravana de vehículos llegó a la Villa Lombardi en un silencio sepulcral, roto solo por el chirrido de los neumáticos sobre el gravel. El contraste era brutal: la mansión estaba decorada con elegancia para una fiesta que ahora parecía una burla macabra. Guirnaldas blancas, globos color plata y mesas con mantelería fina aguardaban bajo el sol siciliano, testigos mudos de un drama que se desarrollaba en tiempo real.
Salvatore bajó del auto con esa arrogancia característica que lo definía, pero