La luz de la mañana se colaba a raudales por los ventanales del comedor, iluminando una escena de aparente normalidad tan frágil como el cristal. La larga mesa de roble rebosaba de comida: café humeante, pan recién horneado, jugo, frutas y embutidos. Pero el aire estaba cargado de una tensión que ni el aroma más delicioso podía enmascarar.
Alessa, con una sonrisa que le costaba mantener, se inclinó hacia Gabriele, que estaba sentado a su lado, absorto en su plato de cereales.
—Después del desay