El trayecto de regreso no fue el de una victoria celebrada, sino el de una cacería que apenas pasaba a su fase más oscura. Dentro de la furgoneta, el silencio era tan pesado que parecía tener masa física. Sharon se limpiaba una mancha de sangre en el antebrazo con un pañuelo de seda, con la misma indiferencia con la que alguien se quita el polvo. Lucius, a su lado, era una estatua de odio contenido; sus ojos fijos prometían un infierno que ningún libro sagrado se atrevería a describir.
De repen