La mañana en la villa Lombardi nació con una tensión que hacía que hasta los pájaros en los viñedos guardaran silencio. Tras la cena de la noche anterior, el aire entre los muros de piedra era irrespirable. Salvatore y Antonio se disponían a subir a la camioneta para dirigirse a la oficina cuando el sonido de un motor renqueante —el esqueleto de metal que Salvatore había acribillado— se detuvo justo frente a la entrada principal.
Max bajó del auto con una calma insultante. Caminó hacia la escal