El silencio en la habitación principal de la villa Lombardi era punzante, un eco vacío que parecía burlarse de la pasión y guerra que esas paredes habían presenciado. Alessandra doblaba su ropa con movimientos erráticos, casi violentos. Cada prenda que metía en la maleta de cuero negro se sentía como un pedazo de su propia piel que arrancaba de aquel lugar. No había rastro de la altivez desafiante de hace unas horas; en la soledad del dormitorio, solo quedaba el temblor de sus manos y un nudo a