El estruendo del disparo final no fue el final de la pesadilla, sino el rugido de apertura de las puertas del mismo infierno. Durante un segundo que pareció una eternidad congelada en el tiempo, el campo de béisbol de Calabria se sumergió en un silencio antinatural, un vacío donde el oxígeno parecía haber sido succionado por la misma bala que acababa de rasgar el aire. Los latidos del corazón de Isabella golpeaban contra sus costillas con una violencia rítmica, un tambor sordo que retumbaba en