El olor a muerte y alcohol que emanaba de Charly era tan fuerte que parecía llenar cada rincón del pasillo. Isabella no lo miró con juicio, sino con la determinación gélida de una hermana que ha visto a su sangre arder demasiadas veces. Lo tomó del brazo, ignorando el rastro de lodo que él dejaba sobre la alfombra persa, y lo arrastró literalmente hacia la habitación.
—Quítate la ropa, Charly. Ahora —ordenó ella; su voz no admitía réplica.
Charly intentó protestar, con la lengua pesada por el b