El rugido de los motores de Salvatore se desvaneció en la distancia, dejando tras de sí un silencio que no traía paz, sino el peso de una tumba. La mansión Moretti, que alguna vez fue el epicentro del poder unido de dos familias, ahora se sentía como un cascarón vacío y gélido. Isabella permanecía en el pórtico, con los brazos cruzados y la mirada fija en el camino por donde su hermana se había marchado. Sentía un vacío en el pecho, una premonición de que la unidad que Giuseppe Moretti tanto pr