El Hospital Giacomelli se había convertido en el segundo hogar de la tragedia para los Moretti. El olor a ozono y desinfectante parecía impregnado en los poros de Isabella, quien caminaba de un lado a otro en la sala de espera privada. Sus manos, aún con restos de sangre seca de Sara en las cutículas, se entrelazaban con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Sara, esa niña tan dulce que había sufrido tanto maltrato de su propia madre, la que había actuado con la valentía de una reina ant