La mansión Moretti se había convertido en una fortaleza sitiada por el silencio. En la entrada principal, el rugido de los motores de las camionetas blindadas rompía la quietud de la madrugada. Salvatore, Francesco y Alessandra estaban listos, con el equipo táctico ajustado y el rostro pintado de guerra. Charly se unió a ellos en el último momento; no llevaba su habitual sonrisa sarcástica, ni el brillo pícaro en los ojos. Estaba pálido, sus facciones eran de piedra y sus manos, enguantadas en