La cena había terminado, pero algunos invitados aún se movían por la propiedad, explorando rincones, conversando en voz baja. James se había retirado a una de las salas interiores, un espacio más íntimo, con luz tenue y paredes cubiertas de estanterías antiguas. El aire olía a madera y vino.
Estaba solo, o eso pensaba, hasta que Isabelle apareció en el umbral.
—¿Te escondes? —preguntó ella, con una copa en la mano y esa sonrisa que no pedía permiso.
—Solo necesitaba aire —respondió James,