La tarde en Belvedere Hill era suave, dorada, como si el sol supiera que debía quedarse un poco más. En los jardines de la mansión, globos pastel flotaban entre las ramas, mesas decoradas con guirnaldas esperaban a los invitados, y el aroma a vainilla y frutas frescas se mezclaba con las risas de los niños.
Dos años habían pasado desde aquella doble promesa: primero la de James e Isabelle, luego la de Noah y Celeste, casados apenas dos semanas después. La boda de Noah y Celeste había sido tod