La empleada caminaba por el pasillo con paso firme, la botella de whisky envuelta en una servilleta blanca. No sabía quién era el huésped, solo que había pedido lo mejor. Pero antes de llegar a la puerta, una figura se interpuso.
—Yo me encargo —dijo Isabelle, con una sonrisa que no admitía réplica.
La joven vaciló, pero al ver la seguridad en los ojos de Isabelle, le entregó la botella sin decir palabra.
Isabelle se detuvo frente a la puerta. No tocó. No anunció su presencia. Giró el pic