La terraza estaba iluminada por faroles antiguos, con vistas al lago que dormía bajo la noche inglesa. James se apoyaba en la baranda, mirando el reflejo de las luces sobre el agua. El aire era fresco, pero no frío. Isabelle salió sin anunciarse, sus pasos suaves sobre el mármol.
—¿Huyendo de la cena o de mí? —preguntó ella, deteniéndose a unos pasos.
James no se volvió de inmediato.
—De lo que no se puede decir en voz alta.
Ella se acercó, apoyándose junto a él. El silencio entre ambos era