Un mes después, esa certeza se transformaba en ceremonia.
Era el día de la boda.
Por órdenes estrictas de Camille —con el respaldo entusiasta de Lucie— James había tenido que dormir en la Mansión Moore la noche anterior. Él protestó, con su habitual sarcasmo elegante:
—¿De verdad creen que separarme de mi casa va a cambiar algo? Isabelle ya está embarazada. Hemos compartido la cama más veces que el número de invitados. Esto es teatro.
Lucie soltó una carcajada.
—Exactamente. Y el teat