La mansión Baruk estaba sumida en un silencio engañoso, como el ojo de un huracán que espera el siguiente embate de viento. En la suite de invitados, que ahora funcionaba como refugio temporal mientras la habitación principal se sentía contaminada, Zeynep estaba sentada en la mecedora de terciopelo.
En sus brazos, el pequeño Evan dormitaba, ajeno a las guerras que se libraban por su apellido y su custodia. La luz de la lámpara de pie bañaba sus rostros con un tono ámbar, creando una burbuja de