La noche en Estambul parecía haberse detenido en seco cuando el lujoso auto de Baruk Seller cruzó los portones de hierro forjado de la mansión. Dentro del vehículo, Baruk soltó un suspiro largo, uno de esos que nacen de la fatiga de los años y el peso de las responsabilidades. A su lado, Selim le dedicó una sonrisa cansada pero cálida, ajustándose el chal de seda sobre los hombros.
—Ah, estoy muy cansado —murmuró Baruk mientras el chófer abría su puerta—. Iré directo a mi despacho. Necesito una