La noche de Estambul, vista desde la terraza de la mansión Seller, solía ser un espectáculo de poder y luces. Pero para Emmir, esa noche solo era el telón de fondo de una tragedia que se cocinaba a fuego lento. Guardó su teléfono en el bolsillo tras cortar con Zeynep, sintiendo el peso de la complicidad como una piedra en el estómago. El aire soplaba frío, cargado de la humedad del Bósforo, barriendo el silencio de la terraza hasta que el sonido de unos pasos firmes, pero ligeramente irregulare