El asfalto de Estambul brillaba bajo una llovizna fina y aceitosa que parecía reflejar el estado de ánimo de Kerim. Conducía con una mano tensa sobre el volante y la otra aferrada a su teléfono. Su visión estaba ligeramente nublada por el whisky, pero la rabia le servía como un combustible más potente que el alcohol. Marcó el número de Abram con una urgencia violenta.
En una de las habitaciones de un hotel discreto, Abram descansaba. El sueño lo había vencido finalmente tras una jornada agotado