El reloj de pie en el gran salón de la mansión Seller marcaba las dos de la mañana con un tic-tac metálico que parecía martillear los nervios de los presentes. La opulencia de la estancia, con sus techos artesonados y sus alfombras persas, se sentía ahora como un mausoleo. La calidez del hogar se había evaporado junto con la partida de Zeynep, dejando atrás un frío clínico y una incertidumbre asfixiante.
Baruk y Emmir estaban sentados en el sofá principal, hundidos en un silencio que pesaba más