La mansión Seller se había convertido en un laberinto de ecos y culpas. Mientras Baruk intentaba procesar la humillación pública de la fotografía y Lara se ahogaba en sus propios sollozos, Emmir se había retirado a un rincón de la terraza, lejos de la mirada inquisidora de su padre. Su dedo índice golpeaba rítmicamente la pantalla de su teléfono, una coreografía de ansiedad que solo se interrumpía para volver a marcar el número de Zeynep.
Al otro lado de la ciudad, dentro del habitáculo del aut