Kerim sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Divorcio? —repitió la palabra como si fuera un idioma extranjero.
—Sí. Me iré unos días, necesito alejarme de esta mansión. Y cuando regrese, quiero que tengas todo listo para el divorcio. Papeles, abogados, todo.
Kerim la miró con asombro absoluto. Luego miró a su hijo en los brazos de ella. El pánico se apoderó de él. No era solo el escándalo; era la idea de perderla a ella.
—¡No puedes irte, Zeynep! —exclamó, dando un paso hacia ella