CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EX

CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EXES

Romance
Última actualización: 2026-03-20
Cam N.  En proceso
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Resumen
Índice

Toda mi vida he sido la segunda opción. Hasta que decidí ser la primera. Catorce años viviendo a la sombra de Camila Solís—la hermana perfecta, la favorita, la prometida del hombre más poderoso de México. Cuando ella desaparece dos semanas antes de su boda, mis padres tienen la brillante idea de que yo debo tomar su lugar. Después de todo, ¿qué importa si el novio no me ama? ¿Qué importa si apenas recuerda mi nombre? Damián Urquiza es todo lo que una mujer podría desear: multimillonario, devastadoramente guapo, dueño de medio país. También está obsesionado con mi hermana. Tanto que me golpea por romper una maldita pulsera que ella le dio. Esa noche decidí dos cosas: romper el compromiso y emborracharme hasta olvidar que durante veinticinco años fui invisible. Lo que no planeé fue terminar en la cama del hombre equivocado. O tal vez, del hombre correcto. Sebastián Alcázar es más rico que Damián, más peligroso que todos mis problemas juntos, y definitivamente no es el tipo de hombre que se acuesta con alguien y desaparece. Especialmente cuando descubre que soy la ex-prometida de su peor enemigo. Ahora estoy atrapada entre dos hombres que quieren usarme para destruirse mutuamente, una familia que me odia por arruinar su gran negocio, y una hermana que regresó del paraíso decidida a recuperar todo lo que dejó atrás. Incluyéndome a mí, aparentemente. Porque resulta que no fui la primera opción de nadie. Pero voy a ser la última mujer de pie cuando todo explote.

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Capítulo 1

1

El sonido de la pulsera rompiéndose contra el mármol fue lo último que Ximena Solís escuchó antes de que la mano de Damián Urquiza impactara contra su rostro con la fuerza de un juicio final.

El golpe la giró hacia un lado con tanta violencia que sus rodillas cedieron por un instante, obligándola a aferrarse al respaldo del sofá de cuero italiano como si fuera el único punto fijo en un mundo que acababa de inclinarse sobre su eje. El sabor metálico de la sangre se extendió por su lengua mientras el ardor en su mejilla izquierda palpitaba al ritmo de su corazón desbocado, cada latido gritándole la verdad que había tardado veinticinco años en aceptar: nunca sería suficiente para nadie. Nunca había sido suficiente. Y probablemente nunca lo sería.

Damián Urquiza se erguía frente a ella como una estatua de mármol y furia contenida, su traje Armani gris marengo permaneciendo impecable a pesar de la violencia que acababa de desatar. Cada línea de su cuerpo cincelado por años de entrenamiento personal con instructores que cobraban más que el salario anual de una familia promedio hablaba de un control absoluto, de una disciplina que evidentemente no se extendía a sus emociones cuando se trataba de objetos que llevaban el nombre de Camila. Sus ojos verdes—esos mismos ojos que Ximena había adorado en secreto desde que tenía dieciocho años—la atravesaban ahora con un odio tan puro, tan cristalino, que le cortó la respiración como un cuchillo de hielo.

—¿Tienes alguna maldita idea de lo que acabas de hacer? —La voz de Damián salió baja, letal, cargada de ese tono glacial que usaba en las salas de juntas cuando estaba a punto de destruir a un competidor sin piedad alguna—. ¿Tienes siquiera la más remota idea?

Ximena bajó la vista hacia los fragmentos de la pulsera esparcidos sobre el mármol blanco como esquirlas de un pasado que nunca le pertenecería, como pedazos de una felicidad que siempre había estado destinada a otra persona. Era una cosa objetivamente fea, si tenía que ser honesta consigo misma—cuentas de madera barata pintadas a mano con flores descoloridas que habían perdido su brillo hace mucho tiempo. El tipo de baratija turística que se compra en un mercado de artesanías por cincuenta pesos después de regatear con el vendedor. Pero Camila se la había regalado a Damián durante unas vacaciones románticas en Oaxaca hacía tres años, antes de que el mundo girara sobre su eje y todo se convirtiera en esta pesadilla calculada, y eso la convertía automáticamente en un objeto sagrado. Más valioso que todos los diamantes del mundo. Más importante que el corazón de Ximena. Más significativo que su dignidad.

Siempre más importante que Ximena. Esa había sido la historia de su vida.

—Fue un accidente —murmuró ella, aunque sabía que sus palabras caían en oídos sordos como gotas de lluvia sobre piedra—. Solo estaba moviendo las cajas de tu oficina para hacer espacio y se cayó de la repisa. No pretendía...

—¡Era de Camila! —El grito de Damián hizo temblar los ventanales del penthouse que daban a la Avenida Presidente Masaryk, su voz reverberando contra las paredes minimalistas con la fuerza de un trueno. Polanco se extendía bajo ellos como un manto de lujo perfectamente indiferente al drama que se desarrollaba en el piso veintitrés de este edificio de departamentos que costaba más que el PIB de un país pequeño—. ¡De Camila! ¿Lo entiendes? ¿O tu cerebro es tan jodidamente inferior al de ella que ni siquiera puedes comprender lo que eso significa?

Ahí estaba. La verdad desnuda y brutal que los tres meses de compromiso forzado habían intentado disfrazar con flores caras, cenas en restaurantes con estrellas Michelin, y sonrisas perfectamente calibradas para las páginas de sociedad. Ximena Solís no era una prometida. No era la elegida. Era un reemplazo defectuoso de la hermana perfecta que había tenido el descaro, la audacia imperdonable, de desaparecer dos semanas antes de su propia boda multimillonaria.

—Han pasado tres meses, Damián. —Ximena se enderezó con esfuerzo, obligando a su voz a no quebrarse como cristal bajo presión—. Tres meses completos en los que apenas me has dirigido la palabra más allá de lo estrictamente necesario para mantener las apariencias. Tres meses durmiendo en habitaciones separadas como extraños educados. Tres meses en los que cada vez que me miras, sé que no me estás viendo a mí. Estás viendo su rostro, no el mío. Siempre su rostro.

—Porque eres su pálida imitación. —Las palabras salieron de Damián como veneno destilado, cada sílaba diseñada para infligir el máximo daño posible—. Tu padre me vendió la brillante idea de que eras "prácticamente idéntica", que los accionistas y los inversores no notarían la diferencia durante la ceremonia. Que la fusión entre Urquiza Financial y Solís Corporation seguiría adelante sin ningún problema, sin ningún tropiezo en el camino. —Se rio entonces, un sonido hueco y terrible que hizo eco en el espacio minimalista del penthouse como el lamento de un fantasma—. ¿Sabes qué descubrí? Tenía razón. Nadie notó la diferencia. Absolutamente nadie. Porque tú no importas lo suficiente como para que alguien note tu ausencia cuando te vayas.

Cada palabra era un cuchillo perfectamente afilado, insertándose con precisión quirúrgica en las heridas que Ximena llevaba toda una vida cultivando como jardín de dolor. Heridas que se habían abierto cada vez que sus padres olvidaban su cumpleaños pero organizaban fiestas extravagantes para celebrar los logros de Camila. Heridas que sangraban cuando su madre decía "ojalá fueras más como tu hermana" con esa sonrisa que técnicamente era una broma pero que ambas sabían que no lo era en absoluto. Heridas que supuraban cada vez que Damián la llamaba "Camila" por accidente durante las cenas formales y ni siquiera se molestaba en disculparse por el error.

—Llevo enamorada de ti desde que tenía dieciocho años —las palabras escaparon de Ximena antes de que pudiera detenerlas, confesión y acusación fluyendo juntas en un torrente imparable—. Siete años completos observándote en las cenas familiares, memorizando cada uno de tus gestos, cada sonrisa que le dedicabas a mi hermana como si fueran regalos preciosos. Y cuando finalmente tuve la oportunidad de estar contigo, cuando mis padres arreglaron este compromiso después de que ella huyó como la cobarde que siempre ha sido, yo pensé... —Su voz se quebró como rama seca—. Pensé que tal vez, finalmente, alguien me elegiría primero. Que alguien me vería a mí antes que a ella.

—Qué patético. —Damián se sirvió un whisky generoso de la licorera de cristal junto a la ventana, cada movimiento exudando el tipo de desdén que solo la gente muy rica puede perfeccionar—. Te conformaste con ser segunda opción, Ximena. Con las sobras. Con lo que Camila no quiso cuando decidió que esta vida no era suficientemente interesante para ella. Y ahora ni siquiera puedes mantener intacta una pulsera barata que no vale nada para nadie excepto para mí.

Algo se rompió dentro de Ximena en ese momento preciso. No fue espectacular ni dramático como en las películas. Fue el sonido silencioso de una cuerda que había estado tensándose durante veinticinco años hasta que finalmente se partió en dos, liberando toda la presión acumulada de una vida entera viviendo como sombra. El dolor en su mejilla palpitaba como recordatorio físico de que había cruzado una línea de la que no existía retorno posible, de que había llegado al punto donde las disculpas ya no significaban nada.

Ximena atravesó el espacio que los separaba con tres pasos decisivos, cada uno de ellos sintiendo como caminar sobre las brasas de su propia dignidad en llamas. Damián apenas tuvo tiempo de bajar su vaso de cristal antes de que la mano de ella impactara su rostro con toda la fuerza que pudo reunir, canalizando años de humillaciones silenciosas en un solo golpe perfecto.

El sonido de la bofetada resonó más fuerte que cuando él la había golpeado a ella. Tal vez porque Ximena puso en ese movimiento cada insulto callado, cada humillación digerida en silencio, cada noche que había pasado llorando en la oscuridad de su habitación mientras él revisaba obsesivamente su teléfono buscando mensajes de Camila que nunca llegaban.

Los ojos de Damián se agrandaron con shock puro y absoluto. Nadie—absolutamente nadie en este mundo—le ponía las manos encima a Damián Urquiza. Era un hecho conocido. Una ley no escrita de su universo.

Hasta este momento. Hasta ahora. Hasta Ximena.

Ximena se quitó el anillo de compromiso con manos que temblaban tanto de miedo como de una liberación salvaje que sabía a gloria amarga. La esmeralda colombiana de cuatro quilates—originalmente elegida por Camila durante un viaje de compras a Bogotá, naturalmente—brilló bajo las luces LED del penthouse una última vez antes de que ella lo dejara caer sobre la mesa de centro de mármol con un tintineo delicado que sonó exactamente como la absolución que Ximena había estado buscando toda su vida.

—Estamos terminados. —Su voz salió firme, clara como campana de cristal. Era la voz de alguien que acababa de despertar de un sueño de siete años, de una pesadilla romántica que había confundido con amor—. Encuentra a otra idiota desesperada que acepte ser tu consolación, tu segundo plato, tu premio de consuelo. Yo renuncio oficialmente a este circo.

Se giró hacia la puerta, cada paso sintiendo como caminar descalza sobre vidrio roto, como dejar pedazos de sí misma esparcidos por el camino. Detrás de ella, después de un silencio que pareció durar siglos, Damián finalmente reaccionó con la única arma que le quedaba: la amenaza del poder absoluto.

—Si sales por esa puerta ahora mismo, te destruyo. —La amenaza salió cargada de promesa oscura, de certeza absoluta—. A ti y a tu patética familia de segunda categoría. Haré que tu padre pierda cada maldito contrato que tiene con mis empresas y las empresas de mis socios. Haré que tu madre sea rechazada en cada club exclusivo al que intente unirse, que la humillen en las puertas. Y a ti... a ti te convertiré en la burla de toda la ciudad. En el chiste que cuentan en las fiestas de sociedad. Nadie te querrá después de que termine contigo. Nadie te tocará cuando haya terminado de destruir tu reputación pedazo por pedazo.

Ximena se detuvo con la mano en el picaporte dorado, sus dedos apretándose alrededor del metal frío como si fuera el último vestigio de realidad en un mundo que se había vuelto surrealista. Por un segundo—glorioso, tentador segundo—consideró regresar. Disculparse con la humildad apropiada que había perfeccionado durante años. Recoger el anillo del suelo con dedos temblorosos. Volver a ser la sombra silenciosa y complaciente que todos esperaban que fuera, que habían entrenado para ser.

Luego recordó el sabor de su propia sangre en la boca. Recordó el ardor en su mejilla que palpitaba como corazón herido. Recordó veinticinco años de ser invisible, de ser el fantasma en su propia vida.

—Hazlo —dijo sin volverse, sin darle la satisfacción de ver su rostro una última vez—. Adelante, Damián. Destruyeme si puedes. No me importa una m****a lo que hagas o lo que pienses que puedes quitarme. Ya no me queda nada que perder excepto mi dignidad, y esa acaba de regresar a mí.

La puerta se cerró tras ella con un clic suave que sonó exactamente como una revolución personal comenzando, como el primer disparo de una guerra que Ximena acababa de declarar contra toda una vida de sumisión.

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la vdd es que si me gustó.la historia pero aveces es confusa , hay partes que regrese a leer pk no las explican y bueno, ojalá no se alargue mucho o se volverá tediosa
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Hasta el momento todo bien, solo espero que no sea tan larga, porque así aburre
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