EN SUS OJOS NO HUBO BODA

EN SUS OJOS NO HUBO BODAES

Romance
Última atualização: 2026-04-11
S. Ruiz  Atualizado agora
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Índice

La última vez que Valeria Mondragón creyó en alguien, lo hizo delante de doscientas personas, con un vestido blanco y un teléfono que transmitió en directo su propia destrucción. Un año después, sobrevive entre las paredes de una mansión que no es un hogar sino una jaula con el código de vestimenta correcto. Su carcelero no usa cadenas: usa cámaras, raciones de arroz y la deuda impagable de los padres de ella. Y cada cicatriz en su cuerpo lleva grabada la misma lección: resistir tiene un precio. Mateo Villanueva no recuerda nada del año anterior. Los médicos lo llaman amnesia postraumática. Mateo lo llama el hueco donde debería estar su vida. Cuando la encuentra ensangrentada en la calle, su cuerpo la reconoce antes de que su memoria pueda hacerlo, y eso, más que cualquier dato que encuentre en sus investigaciones, es lo que lo convierte en el hombre más peligroso de esta historia. Porque en algún lugar entre los dos existe una verdad que alguien necesitó enterrar bajo un accidente de tráfico, un acuerdo firmado a la fuerza y un año de silencio. Y esa verdad está empezando a recordar.

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Capítulo 1

Capítulo I: Alimentación forzada

La quemadura no dormía. Llevaba tres días instalada en el abdomen de Valeria con la obstinación de algo vivo, palpitando contra la piel con un ritmo sordo que no cedía ni de día ni de noche, ni con las compresas húmedas que los sirvientes le dejaban en silencio sobre el tocador, ni con los analgésicos que ella se negaba a tomar porque tomarlos habría sido aceptar que el dolor era demasiado grande para cargarlo sola. Y eso, en aquella casa, era una derrota. 

Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir cuando tomó la decisión. No fue un pensamiento racional. Fue el cuerpo, simplemente, cediéndose a sí mismo un permiso que la mente había rechazado durante días. Se levantó de la cama, cruzó el corredor vacío, bajó la escalera de mármol con los pies descalzos sobre el frío de los escalones, y empujó la puerta trasera que daba al jardín. 

La nieve estaba intacta. Nadie la había pisado en horas. Era una extensión blanca y silenciosa que se extendía bajo la oscuridad de las tres de la mañana como si el mundo hubiera decidido cubrirse para no seguir mirando. 

Valeria se quitó la bata. Se tendió boca abajo sobre la nieve, completamente desnuda, y dejó que el frío le comiera el abdomen con una delicadeza que ningún ser humano en aquella mansión había tenido jamás con ella. Un sonido escapó de su garganta, algo entre un suspiro y un sollozo, algo que no tenía nombre y que tampoco lo necesitaba. Y después, sin avisar, sin transición, el agotamiento la arrastró al fondo de sí misma. 

No supo cuánto tiempo estuvo ahí. 

Lo que la devolvió al mundo fue el agua. Un chorro helado que le cayó en la nuca con la brusquedad de una bofetada. Abrió los ojos de golpe, jadeando, con el corazón desbocado, y tardó tres segundos completos en entender que ya no estaba en el jardín. 

Estaba en la silla del comedor. La grande, la de respaldo recto y patas torneadas, la que siempre le había parecido más un trono que un mueble. Sus muñecas estaban atadas a los apoyabrazos. Sus tobillos, al travesaño inferior. La habían cargado desde afuera, la habían secado, la habían vestido con una bata limpia, y la habían inmovilizado con la misma eficiencia clínica con que alguien organiza facturas. Nadie en aquella casa hacía nada sin orden previa. Y las órdenes solo venían de una persona.  

La pantalla de la pared parpadeó dos veces antes de estabilizarse. Una imagen fría, ligeramente sobreexpuesta, como todas las imágenes que venían de él. Rodrigo Castellanos no necesitaba estar presente para llenar una habitación. Su voz llegó desde los altavoces con la misma temperatura de siempre: cero. Una calma que no era serenidad sino control absoluto disfrazado de indiferencia. 

—Buenos días, Valeria. 

—Tienes cinco raciones delante de ti. Te las comes todas. Ahora. 

  

Valeria bajó la mirada hacia la mesa. Cinco platos dispuestos en semicírculo frente a ella, como una ofrenda meticulosamente cruel: cinco raciones idénticas de arroz blanco, sin sal, sin condimento, sin ningún rastro de sabor que pudiera convertir la comida en algo distinto a una obligación. Todo igual. Todo calculado para no provocarle placer, solo obediencia. 

Su mano libre se movió sola. Los dedos encontraron el borde de la bata y la separaron apenas, rozando la cicatriz que le cruzaba el abdomen en diagonal, todavía brillante bajo la tela, todavía tierna al tacto como si la piel no hubiera terminado de decidir si quería sanar. Tenía la forma irregular de una plancha de vapor. El recuerdo de lo que ocurrió la última vez que dijo que no. 

Esa vez, él no le había lastimado la cara. Pero le había dicho que la próxima vez elegiría un lugar que no pudiera cubrir con ropa. 

Miró la cámara. La pequeña lente negra empotrada en la esquina superior derecha, donde siempre había estado, donde él siempre estaba, aunque su cuerpo estuviera en otro continente. 

Tomó la cuchara. 

Comió. Sin saborear. Sin prisa y sin demora. Convirtiendo cada bocado en un acto estrictamente mecánico, vaciándose de adentro hacia afuera con la misma concentración con que uno desactiva una alarma. El estómago protestó al tercer plato, lleno de algo que no era hambre ni saciedad sino náusea moral, pero Valeria aprendió hace tiempo que el cuerpo puede más de lo que cree cuando el miedo es lo suficientemente preciso. 

Cuando terminó el último plato, limpió la comisura de sus labios con la servilleta de lino doblada junto a los cubiertos. Levantó la mirada hacia la cámara. Y sonrió. Una sonrisa perfecta, construida con la misma materia inerte de las máscaras de carnaval, tan hermosa y hueca que dolía mirarla. 

—Qué buena. 

La pantalla se apagó. La sesión había concluido. 

Valeria dejó caer la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y durante diez segundos no fue nadie. 

Regresó de noche, como siempre. Los pasos de Rodrigo en la escalera de mármol tenían un ritmo inconfundible: pausado, sin apuro, el de alguien que sabe que las paredes le pertenecen y que nadie dentro de ellas tiene a dónde correr. 

Traía un pastel. No una pieza, no una porción: un pastel entero de fresas, de esos que se encargan para celebraciones de veinte personas, con la base de bizcocho húmedo y la crema montada llegando casi hasta los veinte centímetros de altura, coronado por fresas enteras dispuestas en espiral sobre una capa de gelatina brillante. Lo depositó sobre la mesita de la sala con la misma delicadeza con que se coloca una trampa, y la sonrisa que lo acompañó no llegó a sus ojos. 

Valeria estaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ciudad que se extendía abajo como un mapa de luces que no le pertenecían. No se volvió cuando él entró. No le concedió ni ese gesto. 

—Es para ti —dijo él, dejándose caer en el sillón con la familiaridad de un hombre que nunca ha necesitado pedir permiso para ocupar un espacio—. Lo encargué esta mañana. Fresas, que sé que te gustan. O que te gustaban. Ya no recuerdo si sigues teniendo preferencias propias. 

Valeria no respondió. 

Rodrigo se levantó del sillón con una parsimonia que siempre resultaba más amenazante que cualquier movimiento brusco, tomó el cuchillo de la mesita —largo, de mango negro, el que guardaba junto a la cubertería de servicio— y lo sostuvo sobre el pastel con una sonrisa que no llegaba a ningún lado. 

—Cortemos juntos —dijo—. Como corresponde. 

No era una invitación. Nunca lo era. Valeria se acercó porque no había alternativa, y cuando sus manos quedaron sobre el mango del cuchillo, las de él se cerraron encima con una presión que era exactamente suficiente para recordarle quién decidía la fuerza y quién la dirección. Cortaron. La hoja hundió el bizcocho con una limpieza que le revolvió el estómago. 

—Tus padres llamaron esta mañana —dijo él, mientras separaba la porción con la punta del cuchillo—. Necesitan la transferencia del mes. Al parecer el negocio de tu padre ya no da para cubrir la renta del local. Les dije que lo consultaría contigo. 

Ahí estaba. Siempre había un anzuelo, y siempre terminaba clavado en el mismo lugar. 

Valeria sintió que algo le subía desde el pecho hacia los ojos con una velocidad que no pudo detener. No era tristeza. Era algo más antiguo y furioso que la tristeza, algo que llevaba meses comprimido en algún lugar debajo del esternón y que encontró en ese instante la grieta exacta por donde salir. Se le enrojecieron los ojos. Se le apretó la garganta. Unos padres que venden a su hija a cambio de riqueza no merecen que me importe si viven o mueren.

Rodrigo lo vio. Y sonrió.

Eso fue suficiente. 

El plato de porcelana de Talavera —el que había pertenecido a la abuela de él, el de flores azules sobre fondo marfil, el único objeto en aquella casa que Rodrigo trataba con algo parecido al afecto— salió de sus manos antes de que su mente terminara de tomar la decisión. Se estrelló contra el piso con un estruendo corto y definitivo. El pastel fue después: volcó sobre el mármol con un golpe sordo y blando, las fresas rodando en todas las direcciones, la crema extendiéndose lentamente sobre el suelo como algo que ya no podía contenerse. Los fragmentos de porcelana centenaria quedaron esparcidos entre la nata y el bizcocho deshecho como los restos de algo que tardó mucho en romperse y que ahora ya no podía recomponerse. 

El rostro de Rodrigo no cambió. Eso era lo más aterrador de todo: que nunca cambiaba. 

—Barran toda la nieve del jardín —dijo, volviéndose hacia los sirvientes que aguardaban en el umbral con los ojos bajos—. Toda. Y tiren los cubos de hielo. Los de toda la casa. 

Valeria entendió el castigo en el momento exacto en que lo escuchó. Sin nieve, sin hielo, la quemadura volvería a devorarla desde adentro sin alivio posible. Él lo sabía. Siempre sabía exactamente dónde presionar para que el daño fuera máximo y la marca fuera mínima. 

Pero esa noche no le bastó con eso. 

Lo que ocurrió después fue la diferencia entre un hombre que castiga y un hombre que necesita descargar algo que no le cabe dentro. Rodrigo la tomó por el brazo con una brusquedad que no era su estilo habitual —su estilo habitual era la frialdad, la precisión, el daño sin temperatura— y la arrastró escaleras arriba. No con prisa. Con rabia. La espalda de Valeria rozó el borde de los peldaños durante el ascenso, el mármol frío arrancándole la piel en diagonal, y ella no gritó porque había aprendido hace tiempo que gritar le daba información que él usaría después. Cuando llegaron al rellano del segundo piso, la soltó. Se quedó mirándola durante un segundo. Y en ese segundo, Valeria vio en su rostro algo que no había visto antes con tanta claridad: no era cálculo. Era furia pura. La furia de un hombre que ha perdido el control de algo y necesita que alguien lo pague. 

Sucedió en el rellano del segundo piso. No hubo aviso. No hubo palabras. Solo la mano de Rodrigo en su espalda, abierta, firme, empujando con toda la ira que no había podido colocar en ningún otro lugar, y el mundo girando en un ángulo imposible mientras la escalera se precipitaba hacia su cara con la velocidad de algo inevitable. 

El borde del segundo peldaño le alcanzó la frente con una precisión que solo podía ser consecuencia del azar o de la crueldad calculada, y a esas alturas, las dos cosas le parecían exactamente lo mismo. 

Cayó con un golpe sordo. El sonido de su cuerpo contra el mármol resonó en el hueco de la escalera y se disipó, y después solo quedó el silencio de la casa, que nunca era un silencio de paz sino un silencio de cosas que no se dicen. 

La sangre llegó antes que el dolor. Tibia y espesa, deslizándose por su sien derecha con la tranquilidad de algo que lleva mucho tiempo queriendo salir. La vio caer en la palma de su mano y durante un instante extraño y lúcido pensó que el rojo era el único color honesto que existía en aquella mansión. 

Estaba en el suelo del recibidor. Los sirvientes la rodeaban a distancia, con los ojos clavados en algún punto neutro del piso, con esa expresión entrenada de no-ver-nada que los convertía en cómplices y en víctimas al mismo tiempo. 

Valeria abrió la boca. El primer intento no produjo sonido. El segundo sí. 

—Salgan —susurró, y las palabras le costaron más de lo que esperaba—. Por la puerta de servicio. Salgan ahora. 

Nadie se movió durante cuatro segundos que tuvieron la densidad de cuatro horas. 

Luego, la más joven de las empleadas giró sobre sus talones sin levantar la vista. Después otra. Después los demás, uno a uno, como fichas de dominó que se deciden a caer en la dirección correcta. 

Valeria se arrastró hacia la puerta principal. Las palmas sobre el mármol frío, la sangre trazando una línea discontinua sobre el suelo claro, la respiración entrecortada llenando el silencio de cada corredor que atravesaba. No pensaba. Pensar era un lujo para más tarde. Ahora solo existía el siguiente metro de distancia, y el siguiente, y la puerta que se acercaba. 

La empujó con el hombro. 

El aire de la noche la golpeó en la cara como un puñetazo de oxígeno. El ruido de la calle —bocinas lejanas, una cumbia que escapaba de algún departamento en el edificio de enfrente, el ladrido intermitente de un perro— le llegó de golpe como un idioma que había olvidado que existía. Dio un paso. Dio otro. Dio un tercero antes de que sus rodillas cedieran. 

No llegó al suelo. 

Chocó contra algo sólido. Un pecho ancho y firme que la recibió sin retroceder, unos brazos que se cerraron alrededor de ella antes de que pudiera caer, y un olor que llegó mezclado con la noche: cuero, tabaco frío, algo que no supo identificar porque ya no le quedaba claridad suficiente para identificar nada. 

Intentó levantar la cabeza. No pudo del todo. 

Solo alcanzó a ver una mandíbula tensa en el contraluz de la calle, la silueta de alguien que la sostenía con una firmeza que no tenía nada de accidental, y unos ojos oscuros que la miraban desde arriba con una intensidad que no era la de un desconocido que ayuda a una extraña. Pero tampoco era, exactamente, la de alguien que la conoce. 

Era algo más difícil de leer. Algo que se parecía a las dos cosas al mismo tiempo. 

Y entonces el mundo se apagó.

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Capítulo I: Alimentación forzada
Capítulo II: Una bofetada con un año de retraso 
Capítulo III: Solo el cuerpo la reconoce 
Capítulo IV: Alejar al tigre de su montaña: El peón de Dubái 
Capítulo V: El límite de las noventa y seis horas 
Capítulo VI: Lo Que Se Recuerda Duele Dos Veces 
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