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Capítulo II: Una bofetada con un año de retraso 

El primer sonido que encontró fue el goteo constante de un suero, monótono y ajeno, cayendo dentro de una bolsa de plástico transparente colgada sobre su cabeza. El segundo fue el zumbido grave de un aparato de ventilación en el techo. El tercero, el único que importó, fue el silencio. El silencio específico de una habitación sin Rodrigo Castellanos, un silencio que Valeria no había sentido en tanto tiempo que tardó tres segundos completos en reconocerlo como lo que era: una oportunidad.

Abrió los ojos. El techo blanco del hospital le devolvió la mirada con esa indiferencia clínica que tienen todas las superficies que han visto demasiado dolor. Tenía vendas en la frente, una aguja de suero en el dorso de la mano izquierda, y el cuerpo cubierto de un dolor sordo y continuo que ya no le resultaba novedoso. A su alrededor, los sonidos del pasillo se colaban por debajo de la puerta entreabierta: voces, pasos, el chirrido de un carrito con ruedas. Gente. Mucha gente.

Se incorporó sin pensarlo. La cabeza protestó con una oleada de vértigo que le nubló la visión durante un instante, pero lo ignoró con la misma disciplina con que había aprendido a ignorar casi todo lo que su cuerpo le pedía que sintiera. Se arrancó la aguja de la mano de un tirón limpio. Un hilo de sangre le bajó hasta el nudillo. No se detuvo a contemplarlo.

Descolgó sus piernas del borde de la cama, buscó el suelo con los pies, y caminó hacia la puerta con los pasos lentos pero decididos de alguien que lleva demasiado tiempo esperando este momento para desperdiciarlo en dudas. El pasillo del hospital la recibió con una marea de batas blancas, camillas en movimiento, y la indiferencia salvadora de un espacio donde nadie te conoce ni tiene por qué detenerse a mirarte.

 Empujó la puerta de salida con el hombro.

 Y entonces chocó con alguien.

 El impacto fue frontal, inesperado, y le arrancó un jadeo involuntario. Su primer instinto, grabado a fuego por años de sobrevivir en la casa de Rodrigo, fue disculparse antes incluso de procesar qué había ocurrido.

 —Perdón, lo siento, no vi…

 Levantó la vista. Y el mundo se detuvo.

Isabela Fuentes la miraba desde una distancia de cuarenta centímetros. El mismo cabello negro de siempre, ondulado y perfecto. Los mismos ojos grandes que en otro tiempo le habían parecido los más honestos del mundo. La misma boca que había estado a punto de lanzarle una reprimenda, y que ahora permanecía abierta y muda, congelada entre la indignación y algo que solo podía llamarse culpa.

Su mejor amiga. La única persona en la que Valeria había confiado sin reservas durante doce años.

El zumbido llegó sin aviso. No fue un pensamiento ni una decisión, sino algo físico, una presión detrás de los ojos que apagó el pasillo del hospital como si alguien hubiera girado un interruptor. El bullicio se disolvió. Las voces se alejaron hasta volverse irreconocibles. Las piernas de Valeria dieron un paso involuntario hacia atrás, y su cuerpo entero cedió al peso de algo que no era el presente.

El salón del hotel había tardado seis meses en reservarse y cuatro en decorarse, y cada detalle reflejaba la minuciosidad obsesiva con la que Valeria había imaginado ese día desde los dieciséis años. Doscientas flores blancas en los arreglos de cada mesa. Velas de cera de abeja dispuestas en alturas escalonadas. Un vestido de novia con bordados en hilo de seda que le había llevado tres pruebas ajustar al cuerpo que ella tenía, no al que las modistas querían que tuviera.

Estaba radiante. Lo sabía porque se lo había dicho su madre, su tía, la coordinadora del evento, y hasta el mesero que le había llevado una copa de agua con rodaja de limón cuando los nervios empezaron a apretarle el estómago. Estaba radiante, y Mateo Villanueva no llegaba.

Los murmullos entre los invitados comenzaron discretos, como siempre comienzan las cosas que después se vuelven insoportables. Valeria los ignoró con una sonrisa fija, mirando hacia la entrada del salón cada treinta segundos, convenciéndose de que era una reunión de última hora, un tráfico imposible, una llanta ponchada, cualquier cosa excepto lo que los murmullos ya estaban insinuando.

Entonces vibró su teléfono.

El tono era el que ella misma había elegido para Mateo: una melodía corta y suave, discreta, reservada exclusivamente para él. Sintió un alivio tan grande que se le escapó una carcajada. Se volvió hacia los invitados con el teléfono en alto, con la naturalidad luminosa de alguien que no tiene nada que ocultar.

—¡Miren, no me ha abandonado!

Subió el volumen. Abrió el mensaje.

La pantalla no mostraba texto de amor ni explicación tardía. Mostraba una sola línea, escrita con la frialdad quirúrgica de quien ha tenido tiempo de elegir cada palabra: ¿Tú también quieres casarte con un magnate? No eres más que una mercancía de segunda mano con la que ya se han cansado.

El video se reprodujo solo, sin que ella tocara nada. Como si hubiera estado esperando ese momento exacto para existir.

Apareció en la pantalla con una resolución perfecta, con el encuadre estable de algo grabado en deliberado y no en un descuido. La habitación era irreconocible al principio. Después, en tres segundos, dejó de serlo. La lámpara de noche. El cuadro sobre el cabecero. La almohada con la funda de lino beige que Valeria había comprado en un mercado de Oaxaca y le había regalado a Mateo para su departamento.

Y en esa cama, en esa habitación, con esa lámpara encendida sobre ellos, Mateo Villanueva y Isabela Fuentes.

Los gemidos de Isabela resonaron por todo el salón con una crueldad de alta fidelidad. Valeria intentó cerrar la aplicación. Sus dedos no respondieron. Intentó bajar el volumen. Se le resbaló el pulgar y el sonido subió hasta el máximo, llenando cada rincón del salón, rebotando contra el techo decorado con flores blancas, cayendo sobre doscientos pares de ojos que ya no sabían adónde mirar.

El teléfono se le cayó de las manos. No lo sintió caer. 

Lo que sí sintió fue el dolor. Agudo, concentrado, brutal, instalándose en el abdomen con la precisión de un cuchillo que ya conocía el camino. Lo sintió expandirse hacia abajo con una humedad tibia que tardó un segundo en identificar, y cuando bajó la mirada, el blanco del vestido de novia ya no era blanco. Una mancha roja crecía desde la cintura hacia el dobladillo con la lentitud inexorable de algo que no puede detenerse.

Los doscientos invitados lo vieron. Nadie se movió.

Cuando despertó, había una voz de médico sobre su cabeza. Una voz cansada y cuidadosa que pronunciaba las palabras con el tono de quien ha tenido que decirlas demasiadas veces.

—Lamentablemente, ha perdido a su hijo. 

El pasillo del hospital volvió de golpe, ruidoso e insoportablemente real. Valeria parpadeó. Tenía el pecho apretado como si alguien le estuviera sujetando las costillas desde adentro, y las manos, comprendió, le estaban temblando.

Isabela seguía frente a ella. Y en el rostro de su ex mejor amiga, detrás del maquillaje impecable y los ojos bien abiertos, vivía exactamente la expresión que Valeria llevaba un año imaginando: una culpa que no había encontrado cómo pronunciarse, que se había quedado atrapada en algún lugar entre la garganta y los labios sin poder salir nunca del todo.

—Vale —comenzó Isabela, con una voz que intentaba ser firme y no lo era—. Necesito que me escuches. Hay cosas que no sabes, cosas que…

El sonido de su nombre en esa boca fue suficiente. Fue el detonador.

Valeria se abalanzó hacia ella. No hubo pensamiento previo, no hubo decisión consciente. Solo el brazo en movimiento, la palma abierta, el impulso de un año entero de pérdida y humillación y silencio forzado buscando un punto de llegada. La bofetada ya estaba en camino cuando una mano la detuvo en el aire.

Una mano grande, firme, que se cerró alrededor de su muñeca con una precisión que no era brutalidad sino algo peor: la autoridad de quien ha parado cosas más peligrosas que esto.

Valeria se quedó inmóvil. Su respiración sonaba rota, entrecortada, demasiado ruidosa para un pasillo de hospital.

Giró la cabeza hacia la mano que la sostenía. Siguió el brazo hacia arriba. Y encontró los ojos de Mateo Villanueva mirándola desde treinta centímetros de distancia, con esa expresión que no era culpa ni arrepentimiento sino algo más complicado, más difícil de nombrar, algo que se parecía demasiado al dolor genuino de quien lleva tiempo cargando algo que no sabe cómo soltar.

—Suéltame —dijo ella. Su voz sonó extraña. Demasiado quieta.

Mateo no la soltó.

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