Isabella se acercó a la cama con la lentitud de quien no tiene ninguna prisa porque nunca ha necesitado tenerla. El encaje negro que envolvía su figura se movió con ella como una segunda piel, y bajo la luz tenue de la habitación, aquella tela que en otro tiempo habría resultado irresistible se asemejaba ahora, en los ojos de Mateo, a un sudario extendido sobre algo que llevaba demasiado tiempo muerto. El aroma de su perfume lo alcanzó antes que su tacto, y esa fragancia que durante meses le ha