La muñeca de Valeria seguía atrapada en la mano de Mateo cuando ella finalmente dejó de forcejear. No porque hubiera cedido, sino porque algo más poderoso que la rabia tomó el control en ese instante: la lucidez. La misma lucidez fría y silenciosa que había aprendido a invocar dentro de la casa de Rodrigo cuando el pánico amenazaba con ahogarla, y que ahora le decía, con una claridad de bisturí, que este pasillo del hospital no era el lugar ni el momento para convertirse en la mujer histérica que ninguno de los dos merecía verla ser. Mateo, por su parte, notó algo que no había esperado notar. En el instante exacto en que sus dedos rodearon su muñeca, su corazón dio un golpe extraño, un latido fuera de ritmo que no tenía ninguna explicación racional y que no correspondía a la adrenalina del forcejeo. Era algo más profundo, más antiguo, como si un músculo que lleva meses dormido se hubiera contraído de pronto al reconocer una señal que la mente todavía no procesaba. Se quedó un segundo
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