La luz del quirófano era la clase de blanco que no admite matices. Una blancura total, sin sombras, sin bordes amables, que lo exponía todo con la indiferencia metódica de algo que no distingue entre lo que merece verse y lo que preferiría permanecer oculto. Bajo esa luz, las manos de Valeria parecían más pequeñas de lo que eran: los nudillos abiertos, las uñas con las grietas oscurecidas por la sangre seca acumulada durante las horas en que el concreto del sótano fue la única superficie que el