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Capítulo IV: Alejar al tigre de su montaña: El peón de Dubái 

No había dormido. Había pasado lo que quedaba de noche en su despacho con el teléfono en la mano, repasando una y otra vez los pocos datos que tenía: una mujer llena de vendas que sabía su nombre sin que él supiera el de ella, una cicatriz en el abdomen que no era quirúrgica, y la palabra adúltero pronunciada con la temperatura exacta de algo que ya no duele porque ya fue quemado del todo. A las seis de la mañana llamó a Sofía y le pidió el informe que llevaba dos días encargado. El informe tenía dieciséis páginas y Mateo las leyó todas de pie, sin sentarse, con la chaqueta todavía puesta y el vaso de agua que Sofía le había dejado sobre el escritorio intacto y tibio.

En la página once encontró lo que buscaba. Una fotografía satelital de una villa privada enclavada en las estribaciones del Ajusco, rodeada de un muro perimetral de tres metros que no aparecía en ningún registro oficial de construcción. Y debajo de la imagen, el nombre del propietario registrado ante el Registro Público de la Propiedad: Rodrigo Castellanos Ancira.

Mateo golpeó la mesa con dos dedos, dos veces, con la cadencia lenta de quien acaba de unir dos piezas que llevaban tiempo buscándose. Rodrigo Castellanos Ancira. El mismo nombre que aparecía en el organigrama del Grupo Villanueva como director general de la filial de salud en el Bajío, un puesto que el propio Mateo le había asignado tras despertar del coma, presionado por el consejo directivo que durante su ausencia había negociado con el padre de Rodrigo mediante siete reuniones en las que el viejo Castellanos —hombre de misa diaria y apretón de manos húmedo— había fingido una humildad que nadie en aquella sala había creído del todo.

Hijo ilegítimo nunca reconocido. Eso era lo que sabía el archivo, y eso era lo que hacía que el nombre tuviera ese peso específico. La madre de Rodrigo había sido una secretaria del antiguo Grupo Villanueva, una mujer a quien el padre de Mateo había abandonado sin reconocimiento ni amparo cuando el embarazo dejó de ser conveniente. Ella había muerto años después, sola, y Rodrigo había crecido con esa historia como única herencia: el apellido que no le dieron, la empresa que le correspondía por sangre y que nunca le pertenecería, y la imagen de un medio hermano que llevaba el mismo apellido con toda la naturalidad del mundo. Mateo sabía todo esto de forma fragmentaria, por los archivos que había revisado tras despertar, pero nunca había encontrado el momento de buscar a ese hombre cara a cara.

No había necesitado hacerlo. Hasta ahora.

Lo que no sabía era que Valeria Mondragón vivía dentro de sus paredes.

Pasó a la página trece. Las fotografías de vigilancia externa mostraban una propiedad convertida en bunker con estética de residencia de lujo: veintidós cámaras identificadas en el perímetro, ocho más en los accesos internos, y un sistema de rotación de ángulos que eliminaba prácticamente todos los puntos ciegos salvo tres. Tres. Mateo los localizó en el plano con la misma atención con que un cirujano localiza los vasos que no debe cortar.

Lo que terminó de inclinar la balanza no fue el sistema de seguridad. Fue el jardín. Una fotografía tomada esa misma mañana mostraba el jardín trasero de la villa completamente despejado de nieve, con la tierra oscura expuesta como una herida reciente, mientras la acera exterior y los tejados del vecindario seguían cubiertos por la nevada de los últimos tres días. Alguien había ordenado limpiar esa nieve de manera urgente y específica. No por estética. Por castigo.

Mateo cerró el informe. Llamó a Sofía.

La llamada duró cuatro minutos y medio. Cuando Mateo colgó, la orden ya estaba en el sistema, firmada con su código de presidente ejecutivo y marcada como urgencia nivel uno, la categoría reservada para situaciones en las que el tiempo de respuesta no podía exceder las dos horas. La asignación era directa y aparentemente rutinaria: el director de la filial de salud del Bajío debía desplazarse de inmediato a Dubái para gestionar de forma presencial las negociaciones de una cooperación comercial con un consorcio de hospitales privados del Golfo Pérsico, reunión que, en los registros del sistema, llevaba semanas siendo postergada.

No había forma de rechazarla sin levantar sospechas. Y Rodrigo Castellanos, que entendía mejor que nadie el valor de mantener su fachada corporativa intacta, lo sabía.

La confirmación de abordaje llegó dos horas y veintidós minutos después. Sofía envió el número de vuelo a la pantalla de Mateo con un mensaje de tres palabras: Despegó hace quince.

Mateo dejó el teléfono sobre el escritorio. Sofía, que llevaba esperando en el umbral con una carpeta bajo el brazo desde que había llegado esa mañana, dio un paso adelante.

—Los documentos del cierre de Monterrey. Los necesitan firmados antes del mediodía —dijo, con la neutralidad profesional de siempre. Luego añadió, en un tono ligeramente distinto, el de alguien que lleva tiempo guardando una observación—: Sonrió usted esta mañana. Cuando leyó el mensaje de confirmación.

Mateo la miró.

—¿Es raro?

—Lleva catorce meses sin hacerlo en la oficina.

No respondió. Tomó la carpeta, firmó los documentos con la eficiencia que el consejo directivo esperaba de él, y se los devolvió. Después, en cuanto Sofía cerró la puerta, se quitó la chaqueta de un tirón, se aflojó el nudo de la corbata con una brusquedad que no tenía nada de protocolo, y la sensación que llegó con ese gesto fue extraña y precisa al mismo tiempo: la de alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo algo que no le pertenece. Antes del accidente, las personas que lo conocían bien decían que era imposible no saber cuándo Mateo Villanueva entraba a una habitación. No por el poder. Por la energía. Por esa manera suya de ocupar el espacio con una presencia que no necesitaba imponerse porque simplemente estaba ahí. Lo que había vuelto del coma era una versión calibrada y silenciosa de ese hombre, entrenada para no llamar la atención de quienes durante su ausencia habían reorganizado el tablero. Pero ese instinto de contención ya no le servía. Rodrigo estaba en un avión. Y Valeria Mondragón estaba en algún lugar que todavía no era seguro.

Salió del edificio por el estacionamiento subterráneo con una mochila pequeña y sin escoltas.

La villa desde afuera era exactamente lo que el informe prometía: una fortaleza con fachada de arquitectura contemporánea, paredes de piedra volcánica oscura, y una entrada principal flanqueada por dos cámaras con campo de visión superpuesto que no dejaban ángulo sin cubrir. Mateo la rodeó completa antes de moverse, caminando por la acera con la lentitud casual de alguien que no tiene prisa y no tiene nada que ocultar, y fue en esa vuelta lenta donde confirmó los tres puntos ciegos que el analista había marcado en el plano con una X discreta.

El primero estaba en el lateral izquierdo, donde la curvatura del muro exterior creaba una sombra de noventa centímetros de ancho entre dos cámaras cuyas zonas de cobertura no se solapaban del todo. Era suficiente. Había entrado a lugares más difíciles con menos.

Escaló el muro en doce segundos. Cruzó el jardín lateral pegado a la pared, moviéndose en los intervalos entre rotaciones de cámara que había cronometrado desde afuera. La puerta de servicio, en la parte trasera de la casa, cedió ante una tarjeta de acceso electromagnético que su equipo había clonado a partir de la señal del sistema de seguridad. La tecnología de Castellanos era cara. Pero no era la más reciente.

El interior de la villa lo recibió con un silencio que tenía la textura específica de los lugares deshabitados a la fuerza: muebles en su lugar, todo en orden aparente, y sin embargo algo profundamente equivocado en el aire, como una nota musical sostenida demasiado tiempo que ya no suena a música sino a presión.

Las paredes de la sala principal estaban cubiertas de cuadros. Óleos grandes, de formato museal, con marcos dorados que los separaban del entorno doméstico como si fueran piezas de colección que no habían encontrado su lugar definitivo. Mateo los recorrió con la mirada mientras avanzaba: un desnudo de escuela flamenca, una figura femenina recostada de Modigliani, una Venus neoclásica de mármol simulado. El gusto de Rodrigo Castellanos era el de alguien que había comprado su cultura junto con sus muebles, y que nunca había entendido la diferencia entre poseer arte y comprenderlo.

—¿Valeria?

Su voz se disolvió en el silencio de la casa sin encontrar eco. Esperó. Nada. Recorrió el comedor, la cocina con sus superficies de mármol blanco impolutas, el corredor que conducía a las habitaciones del primer piso. Todo vacío. Todo con ese orden obsesivo que no era limpieza sino control.

—¿Valeria, estás aquí?

Y entonces lo escuchó.

No fue una voz. Fue un golpe. Luego otro. Rítmico, persistente, seco contra una superficie dura, con la cadencia deliberada de alguien que lleva tiempo golpeando y que ha aprendido a distribuir la energía para no agotarse antes de ser escuchado.

El sonido venía de abajo. Mateo localizó la puerta del sótano al final del corredor de servicio, una puerta de metal reforzado con cerradura de doble cilindro, exactamente el tipo de puerta que no tiene ninguna razón de existir en una residencia privada salvo una.

Volvió al automóvil en cuarenta segundos. Abrió el maletero. La cortadora industrial que había cargado esa mañana, después de estudiar las fotografías del informe y entender que la arquitectura de esa casa no era decorativa sino carcelaria, estaba envuelta en una lona oscura junto a la rueda de repuesto. La tomó con ambas manos, sintió el peso familiar del motor en su palma, y caminó de regreso a la villa con el paso de alguien que ya tomó su decisión y no tiene nada más que calcular.

La hoja de la cortadora tocó el metal de la cerradura con un chirrido que rasgó el silencio de la villa entera de lado a lado.

Adentro, los golpes se detuvieron.

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