No había miedo en la mirada de Valeria cuando Mateo entró. Había algo peor que el miedo: el agotamiento de quien ha quemado ya todos sus recursos y que, cuando lo vio cruzar el umbral, encontró en algún lugar la energía suficiente para una última ironía.
—¿Es cómoda la cama de Isabella? —dijo, sin elevar el tono ni un milímetro, con la precisión letal de quien ya no necesita gritar para hacer daño.
Mateo no se defendió. No construyó ninguna distancia, no buscó ninguna explicación. Se sentó en