La ciudad ardía. No era una metáfora; desde el centro de mando de Alaric, el mapa de la ciudad parecía un tablero de ajedrez prendido fuego. Uno a uno, los puntos estratégicos de los Petrov —almacenes, rutas de distribución, laboratorios de procesamiento— estaban siendo reducidos a cenizas por ataques coordinados y quirúrgicos.
Alaric, con el rostro iluminado por el resplandor de las pantallas, no sentía remordimiento. Cada explosión era un ladrillo menos en la fortaleza de Damián.
De pronto, s