Alaric estiró el brazo y volvió a rellenar la taza de Anastasia con café humeante. La complicidad que acababa de nacer entre las risas flotaba en el aire del jardín, pero él quería más; quería conocer el alma de la mujer que había guardado en su mente durante seis largos años.
—Quiero que te sientas libre aquí, Anastasia —dijo él, cruzando los brazos sobre la mesa, mirándola con una fijeza magnética—. Si quieres salir, si te apetece ir al centro comercial a comprar lo que quieras, avísame. Te p