En el ático de la Bratva, el aire se volvió irrespirable, saturado por el olor a tabaco, alcohol y la inminente descarga de una violencia desatada. Damián Petrov no veía a la mujer que tenía enfrente; sus ojos inyectados en sangre proyectaban sobre ella el fantasma de la esposa que le había sido arrebatada. La frustración política, el odio hacia los Turner y la obsesión enfermiza por Anastasia se amalgamaron en un impulso puramente destructivo.
Sujetándola con brutalidad del cabello, la obligó