Delfina caminaba de un lado a otro en su habitación de la mansión Genovese, sintiéndose como un animal acorralado. El dolor en su cuello por el agarre del hombre de la máscara aún estaba fresco, pero lo que realmente la estaba carcomiendo era el miedo. Se sentía atrapada en medio de dos monstruos: por un lado, el imponente demonio que la había atacado en su propia cama, y por el otro, la furia desquiciada de Damián Petrov, quien casi le rompe las muñecas exigiendo respuestas. Ambos la querían m