Alaric retrocedió un paso, permitiendo que la luz de la habitación marcara las cicatrices de su rostro. Sus manos, que hace apenas una hora habían estado alrededor del cuello de Delfina, ahora buscaban las de Anastasia con una urgencia que rozaba la desesperación.
La revelación colgaba en el aire como una sentencia. Alaric Turner, el hombre que hacía temblar los cimientos de la mafia gringa, el King que dictaba las reglas del submundo, estaba de rodillas frente a ella.
—¿Te acuerdas del sótano,