Los primeros rayos del sol de la mañana se filtraron perezosamente por el ventanal, disipando las sombras de la suite de Anastasia. Ella abrió los ojos despacio, sintiéndose extrañamente descansada, libre de la asfixiante pesadez que solía acompañar sus mañanas en la mansión Petrov. Se estiró sobre las sábanas de seda y, al sentarse en el borde de la cama, sus ojos oscuros se posaron de inmediato en la peinadora.
Se puso en pie y se acercó con el corazón latiéndole a un ritmo acelerado. Sus ded