Julienne Percy
Habían pasado ya varios días desde que Leila me había recibido en su hogar, y aunque la casa era pequeña en comparación con la mansión del Alfa Supremo, se sentía más espaciosa por una razón sencilla: aquí no había cadenas invisibles. El silencio no era intimidante, sino sereno. Me costaba aceptar que podía caminar libremente por los pasillos, abrir una ventana sin permiso, respirar sin miedo a que alguien vigilara mis movimientos.
Leila había sido generosa desde el primer inst