Davian Taleyah
El amanecer aún no terminaba de imponerse sobre el horizonte. Eran las cinco de la mañana y el cielo tenía ese color gris azulado que precede a la salida del sol, un tono frío que no traía consuelo. El aire cortaba los pulmones con cada inhalación, cargado de la humedad del bosque y de un silencio antinatural que se sentía como una trampa.
Me encontraba atento en mi forma lobuna, observando a los lobos avanzar entre los árboles. La tierra húmeda crujía bajo sus patas, el ritmo de