Julienne Percy
Las tardes en casa de Leila tenían una calidez especial. Había algo en la forma en que el sol se filtraba por las cortinas, tiñendo las paredes de un dorado suave, que hacía que todo se sintiera más lento, más seguro. Aquella tarde en particular, el aire olía a manzanilla y palomitas recién hechas. Leila y yo estábamos sentadas en el pequeño sofá de la sala, envueltas en una manta, viendo una película que apenas seguía con atención. Mi mente divagaba, tranquila pero inquieta al