La luz tenue del amanecer ruso se colaba por entre las cortinas de terciopelo celeste. La chimenea apenas humeaba, el calor persistente de las brasas mantenía el aire tibio. Arianna, envuelta en una manta ligera, se encontraba sentada al borde de la cama. Tenía el cabello suelto, enredado por los besos de la noche anterior, y la piel apenas cubierta por una de las camisas de lino de Greco, que le caía hasta los muslos.
Lo miraba dormir.
Greco yacía boca arriba, una mano sobre el abdomen, la otr