Moscú — La capilla secreta de Volkov, madrugada
La trampilla apenas chirrió. La puerta se cerró detrás de él con un susurro de madera y una llave que no debía sonar. Afuera, Moscú dormía bajo blanco; adentro, la habitación olía a cera, a perfume y a la tinta de las fotos impresas. Era un cuarto diminuto y preciso, tallado para la devoción de un hombre enfermo: un altar, velas colocadas en fila, marcos apilados, y —en el centro, como una ofrenda desproporcionada— una muñeca de tamaño natural sen