Moscú — La capilla secreta de Volkov, madrugada
La trampilla apenas chirrió. La puerta se cerró detrás de él con un susurro de madera y una llave que no debía sonar. Afuera, Moscú dormía bajo blanco; adentro, la habitación olía a cera, a perfume y a la tinta de las fotos impresas. Era un cuarto diminuto y preciso, tallado para la devoción de un hombre enfermo: un altar, velas colocadas en fila, marcos apilados, y —en el centro, como una ofrenda desproporcionada— una muñeca de tamaño natural sentada en un sillón con un vestido de tul y puntas de ballet.
Mikhail Volkov no encendió la luz. Caminó despacio entre las sombras hasta quedar frente al altar. Sus dedos, huesudos y cálidos, recorrieron el borde de una fotografía donde Arianna reía con un brillo que, para él, había que preservar a cualquier precio. La luz de una vela le recortó el perfil: la mandíbula apretada, las venas del cuello marcadas como cables tensos.
La muñeca tenía el cabello trenzado con esmero. Había intentado imitar