La noche en la ciudad de Alessandro Veltri olía a papel antiguo y a café frío. Sus lámparas de escritorio proyectaban abanicos de luz sobre documentos de contabilidad, contratos y una agenda demasiado ordenada para un hombre que hacía negocios sucios. Alessandro no esperaba visitas a esas horas; vivía seguro de su impunidad. No conocía a la mujer que ya había tomado asiento en la cafetería del barrio, con un abrigo gris, guantes negros y un pañuelo que le ocultaba el rostro.
Ravenna no llevaba