📍 Villa Leone, Toscana
La brisa de la tarde movía las cortinas blancas del salón principal. El aroma a lavanda se mezclaba con el de los rosales del jardín. Después de tantos meses de oscuridad, por fin había paz.
Arianna estaba sentada en el sofá, con un chal sobre los hombros. En su regazo, los gemelos dormían entrelazados, y sus dedos acariciaban sus pequeños cabellos. Cada respiración de ellos la hacía temblar: eran reales. Estaban vivos. Eran su vida.
Greco la observaba desde la puerta. No decía nada. No podía. La veía con una mezcla de ternura, dolor y miedo.
Había sobrevivido… pero había cicatrices que no se borraban con amor.
—Greco… —susurró Arianna, sin levantar la vista—. A veces me despierto y pienso que todo fue un sueño… pero luego recuerdo sus ojos. Fríos. Las veces que me dijo que era suya.
Greco se acercó lentamente. Se arrodilló frente a ella y tomó su mano.
—Ya no estás allí, ragazza mia. —Le besó los nudillos, con los ojos brillando de furia contenida—. Juré que l