La Villa Leone amaneció envuelta en una calma luminosa, como si el mar y el cielo se hubieran puesto de acuerdo para bendecir aquel día.
Cada rincón estaba adornado con rosas negras y blancas, velas altas y encajes que parecían suspirar historias antiguas.
Afuera, los invitados llegaban en autos de lujo. Viejos aliados, socios de Greco y Morozov, amigos de la familia, y figuras que habían compartido tanto sangre como lealtad.
El mar, detrás de la villa, servía de fondo al altar, con un arco cub