El vuelo aterrizó suavemente en las Islas Maldivas. Luciana miró por la ventanilla y vio un mar tan azul que parecía imposible. Palmera tras palmera se movía con la brisa cálida, y Dante tomó su mano con una suavidad que la hizo estremecer.
—Bienvenida al paraíso —susurró Dante, mientras la bajaba del avión y su mano no la soltaba.
El resort era un pequeño refugio privado, con bungalows flotando sobre el agua cristalina.
Cuando entraron en su habitación, el olor a flores exóticas y la vista al océano los dejaron sin palabras. Una botella de champán esperaba sobre la mesa, cortesía de Greco, junto con una nota:
“Para que celebren su amor como se merecen”.
Luciana soltó una risita traviesa y corrió hacia la terraza, dejando que el vestido ligero se moviera con el viento.
—Esto… esto es un sueño —dijo, volteando a mirarlo con esos ojos llenos de picardía.
Dante se acercó, la abrazó por detrás y apoyó su mentón sobre su hombro.
—No, esto no es un sueño. Esto es real… y tú