Verona — Estudio de ballet “Morini”, tarde dorada
El sol entraba como manteca tibia por los ventanales. Las barras olían a madera encerada; un piano dormía en un rincón, con la tapa entornada.
Anya Petrova —rubio ceniza, moño impecable, ojos que habían aprendido a callar— marcaba en silencio una serie de plies frente al espejo cuando la puerta se abrió sin aviso.
Arianna apareció con un abrigo claro, el cabello trenzado y la mirada de quien viene desde un incendio y aún echa humo por dentro.
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