El sol se ocultaba lentamente sobre las colinas, tiñendo el cielo de tonos rojos y dorados. En la villa Leone, la calma era un espejismo: bajo sus cimientos, todo era movimiento, órdenes y preparativos.
En el despacho principal, Greco estaba frente al gran ventanal, la silueta recortada por la luz del atardecer. El humo de su cigarro dibujaba formas caprichosas en el aire. Dante entró sin anunciarse, con un fajo de papeles en una mano y el rostro endurecido.
—Todo está listo, Greco —informó con